miércoles, 9 de enero de 2013


OTRA VEZ SOBRE EL CINE CUBANO MÁS ALLÁ DEL MAR

El joven investigador cienfueguero Jorge Luis Lanza Caride acaba de publicar en la revista “Palabra Nueva” un artículo con el título El cine cubano de la diáspora: la identidad fragmentada.
Más allá de que en las notas el estudioso haga referencias a determinados conceptos y textos que en lo personal he manejado o escrito con anterioridad (lo cual pareciera comprometer peligrosamente mi ego, obligándome a aplaudir todo lo que allí se dice), el artículo me parece loable porque contribuye a concederle visibilidad a un problema que aún no acaba de instalarse de forma natural en la agenda de estudios de los investigadores del cine cubano. Pero como el asunto no es andar regalándonos flores entre nosotros mismos, sino ayudarnos a pensar sin prejuicios algo que forma parte de nuestra cultura (más allá de lo político), pues me gustaría retomar algunas zonas del trabajo, oponerle un par de objeciones, y si ello fuera posible, sumar nuevas interrogantes.
Lo primero es que no me parece feliz iniciar el análisis con la afirmación de que es elicaicentrismo el que en primera instancia promueve la invisibilidad de esa producción. Para empezar, hay que admitir que la institución ICAIC se rige por una política cultural donde aún sigue funcionando el viejo dictum “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución nada”. Luego, sería absurdo pedirle a ese instituto (tal como se define hoy en lo político) que programe en el cine Yara Guaguasí (1978), de Jorge Ulla; Los gusanos (1980), de Camilo Vila,Amigos (1986), de Iván Acosta, o Conducta impropia (1986), de Néstor Almendros y Jiménez Leal, por mencionar apenas algunas. Porque no se trata de escoger dos o tres (El súper, por ejemplo), y renunciar a otras apelando al escaso valor estético. En definitiva, ¿el ICAIC no ha producido películas definitivamente malas y se exhiben como parte de nuestro patrimonio fílmico?
Mucho más inquietante se me antojaría la pregunta que indaga en por qué en el mismo exilio ese corpus audiovisual sigue siendo literalmente invisible. Si evocamos como excepción los esfuerzos de Iván Acosta, al frente del Centro Cultural Cubano de Nueva York (fundado en 1973 y presidido por él mismo durante diez años), la producción sistemática, rescate y preservación de esas películas no se aprecia por ninguna parte. O al menos yo no tengo conocimiento de una acción de esa índole. Recuerdo que cuando en el 2007 organicé para un festival de Benalmádena (España) un ciclo con películas realizadas por cubanos más allá de isla, debí apelar a cada uno de los directores, quienes me enviaron copias de sus filmes en la medida de sus posibilidades, en tanto en no pocos casos ya ni siquiera tenían una.
Hasta donde conozco, la primera investigación seria sobre este tema la hizo la investigadora Ana López. Pienso que todavía estamos en deuda con aquella mirada, no tanto por el mapa fundacional que entonces nos brindó, como por el enfoque culturológico que proponía. Solo si partimos desde esa dimensión cultural que deja a un lado lo pedestremente ideológico, podremos desterrar el sesgo fidelista o anticastrista, y adentrarnos en los mundos que cada una de esas películas realizadas por cubanos en ultramar están exponiendo en pantalla. Si los investigadores insistimos en identificar al ICAIC o a quienes se oponen al ICAIC como los límites que autorizan o legitiman el alcance de nuestras indagaciones, entonces los resultados estarán supeditados a una búsqueda predeterminada: los fidelistas encontrarán confirmadas sus tesis de acuerdo al conjunto de películas que han escogido para el análisis, y viceversa, los anticastristas verán solamente las películas que les interesan para su discurso ideológico.
Si vamos a hablar de audiovisual cubano (que incluye al que realizan los cubanos que viven fuera de este espacio físico) es preciso poner fenomenológicamente entre paréntesis esa caótica producción, desterrar todos los prejuicios (se viva aquí o allá), todas las teorías que hasta ahora manejábamos sin fiscalizar su origen porque era la filia o la fobia política lo que mandaba, para intentar aprehender las dinámicas productivas sobre un único soporte: la representación en pantalla de una comunidad de cubanos intentando hacer su vida. Entonces, más allá de la estridencia de los periódicos, se verá un poco mejor la ambivalencia de ese conjunto de imágenes; se entenderá un poco mejor por qué El súper sale en una fecha y no otra; o de qué es lo que en el fondo está hablando Paraíso.
Por otro lado, lo de la identidad es un concepto que cada vez se nos complica más y más. La identidad siempre ha sido complicada, pero el concepto mismo, en medio de la revolución tecnológica que vamos viviendo, nos pone a los investigadores del cine cubano en un verdadero aprieto, toda vez que es aún demasiado vehemente el enfoque nacionalista de esa producción audiovisual, un nacionalismo, por cierto, que sigue confundiendo a la nación con el Estado.
Estamos viviendo, sencillamente, ese período en el cual se comienzan a reformular ciertas visiones del mundo, y se naturalizan cambios profundos que desde hace mucho se vienen desenvolviendo en nuestras vidas, sin siquiera notarlos. En este mismo festival de La Habana que recién concluyó, por lo menos dos cubanos compitieron en la categoría de cortos representando a otras cinematografías: Ernesto Fundora con Apócrifo (2011), por México, y Lilo Vilaplana con Agrypnia (2011), por Colombia. Habrá quien se sienta descolocado con esto: ¿cómo registrar lo anterior en nuestra historiografía?, ¿no se registra? Pues en lo personal lo registraría como cineastas cubanos que han sabido crecer y hacer cine en el mundo.
Ya sé que es un tema complejo, y me consta que el artículo de Lanza es mucho más extenso y exhaustivo. Por lo pronto, es bueno que se siga asomando a la esfera pública este asunto. Y, todo hay que decirlo, creo que es dentro de la isla donde con más sistematicidad se está discutiendo el problema (aún cuando no sea con la intensidad que uno aspira). No solo tendríamos que mencionar aquel dossier de La Gaceta de Cuba, sino que habría que sumar la exhibición de Memorias del desarrollo, de Miguel Coyula, homenaje a Rolando Díaz en la Muestra de Jóvenes Realizadores, conferencia sobre el cine de la diáspora o exilio en la UNEAC de Camagüey, y recientemente, la publicación del libro “Para verte mejor” (selección de Norberto Codina), que incluye par de textos relacionados con el fenómeno, y que ha sido editado, nada más y nada menos que… por el ICAIC.
Juan Antonio García Borrero

martes, 9 de octubre de 2012

EL RIVERA MAYA UNDERGRAUND FILM FESTIVAL (RMUFF), FINALIZÓ LA NOCHE DE ESTE DOMINGO EN LA BELLA CIUDAD DE PLAYA DEL CARMEN CON LA ENTREGA DE LOS PREMIOS A LOS PROYECTOS CINEMATOGRÁFICOS QUE FUERON SELECCIONADOS POR EL JURADO PARTICIPANTE.
Los Premios fueron:

CATEGORÍA ANIMACIÓN:
PRIMER LUGAR.
“LA NORA”
México/ Dir Karla Castañeda. 
MENCIÓN: 
“LAS TARDES DE TITINGO”.
México / Alejandro García.


CATEGORÍA DOCUMENTAL.
“LA BENDICIÓN DE DIOS”.
Cuba / Miguel Reyes.
MENCIÓN.
“PAAL”
México / Victor Vargas.

CATEGORÍA EXPERIMENTAL.
“LA BIBLIOTEQUE, LA NUIT”
Francia /Joao Viera Torres.

PREMIO KODAK.
“CUANDO DESPIERTES”
México/Yoame Escamilla.

CATEGORÍA CORTO UNIVERSITARIO.
“DESVÍSTEME”.
España / Javier Sanz.

CATEGORÍA FICCIÓN.
PRIMER LUGAR.
“LA BANDA DE SAN COSMO”.
México / Uri Espinosa.
MENCIÓNES.
“DECAPODA SHOCK”.
España / Javier Chillón.
“SIMULACRO”
Argentina / Nicola Torchinsy.

RMUFF/Playa del Carmen,
Octubre 3 al 7, 2012.

martes, 4 de septiembre de 2012

SOBRE EL NUEVO DOCUMENTAL DE REBECA CHAVEZ


LUNETA Nro. 1 (2012), de Rebeca Chávez
Desde hace un tiempo se hace cada vez más visible en la nación cubana un corpus audiovisual  interesado en revisar críticamente los orígenes y desarrollo de la Revolución de 1959. Ello coincide con los intereses que muestra ese conjunto de nuevos (y no tan nuevos) historiadores que ya han sabido describir un panorama menos maniqueo del que, hasta hace poco, teníamos del período pre-revolucionario.
En el caso concreto de la historia del cine cubano post-59, habría que adjudicarle a Alfredo Guevara el impulso primigenio de la renovación de esa mirada que solía percibir al ICAIC como un monolito: quien leyó en su momento “Revolución es lucidez” (La Habana, 1998), y luego “Tiempo de fundación” (España, 2003), lo menos que podía sentirse era perturbado. Después llegó “Volver sobre mis pasos” (Madrid, 207), el epistolario de Tomás Gutiérrez Alea, preparado por Mirtha Ibarra, y de un brutal golpe entendimos que la historia del ICAIC todavía está por escribirse.
El ICAIC ha tomado nota de ese novedoso estado de cosas, y ha producido varios materiales que se asoman a su propio origen y posterior evolución desde perspectivas nada complacientes. Pienso en los documentalescoordinados por Jorge Luis Sánchez, a propósito del cincuenta aniversario de la institución (sobre todo enNunca ha sido fácil la herejía), y ahora en Luneta Nro. 1 (2012), de Rebeca Chávez.
En cuanto a éste último, más allá de lo impactante que ha sido para mí ver por primera vez imágenes del juicio celebrado a Marcos Rodríguez, o imágenes de la tristemente célebre “autocrítica” de Heberto Padilla en laUNEAC (año 1971), encuentro en este material elementos que animan a prolongar el debate, ya no en torno a las ideas que exponen cada uno de los entrevistados, sino alrededor de las metodologías que utilizamos en el presente (tan distinto en sus circunstancias al que vivieron los sujetos que iniciaron la Revolución) con el fin de “leer” ese conjunto de hechos pretéritos.
Jean Chesneuax ha apuntado que “si el pasado cuenta es por lo que significa para nosotros. Es el productode nuestra memoria colectiva, es su tejido fundamental”. El pasado no es algo que permanece allí, inerte, como una piedra que hemos dejado atrás en el camino. Y que se recobra intacta. La noción de “pasado” se nutre, paradójicamente, de un horizonte de expectativas que, desde el presente en el que ahora mismo nos encontramos sumergidos, ocupados en disímiles tareas, va dictándole al futuro inmediato lo que entiende que vale la pena retener, así sea para criticarlo. Pero ese cribado jamás será inocente, neutral, u “objetivo”, sino que responde a los intereses más íntimos del sujeto que elabora el informe, intereses que por lo general coinciden con los del grupo o la clase social a la que pertenece o aspira a pertenecer. Si ello es así, ¿cómo distinguir en medio de tantos sesgos y filtros voluntarios e involuntarios lo que pudiéramos llamar “la verdadhistórica”?
El primer deber del historiador, y en sentido general de todos aquellos que intervienen en el procesamiento de la memoria histórica de una nación, está en la toma de distancia con el fin de aprehender el conjunto, y no las partes o grupos aislados entre sí. En el conjunto, con todas sus antinomias, descansaría esa “verdad” que perseguimos. Para Alfredo Guevara, fundador del ICAIC y primer entrevistado del documental, “la verdad es como un caleidoscopio (…) Es Rashomon, para hablar en términos de cine. Para unos tiene un valor, para otros tiene otro valor. Tal vez de la suma de todas las ópticas se pueda tener una aproximación y sólo una aproximación a la realidad real”. Casualmente, hace algún tiempo, sugerí la conveniencia de narrar la historia del cine cubano de acuerdo al paradigma rashomonesco. Ya sé que es de mal gusto esto de ir por la vida citándose uno mismo, pero como en todo caso lo que quisiera es de algún modo ajustarle cuentas a aquella afirmación, a ese “otro” que en su momento escribió aquello, la transcribo a continuación. Decía al final del ensayo:
“Lo ideal, como hemos sugerido otras veces, sería narrar la historia del cine cubano según el paradigma deRashomón. Imaginemos un primer relato donde podamos escuchar esa historia según la versión de Alfredo Guevara. Terminada esa exposición, tendríamos la posibilidad de atender la versión de Tomás Gutiérrez Alea. Y más adelante la de Fausto Canel. Y una cuarta de acuerdo al punto de vista de Alberto Roldán. Como en la película de Akira Kurosawa, comprenderíamos que ninguno de esos puntos de vista es aventajado. Cada uno de estos narradores se ha ocupado de retratar las circunstancias en las cuales les tocó figurar como protagonistas, pero estas interpretaciones personales no bastan para explicar el entramado mayor de una época que ha sido, de todo, menos transparente.
Nadie que relata la porción de realidad que le ha tocado vivir, alcanza a comprender del todo lo que ha sido esa experiencia. Ningún testigo es Dios, aún cuando sus informes sean más exhaustivos que otros. Las perspectivas siguen siendo tiránicas, a la par que engañosas. De allí la lucidez incomparable de Hannah Arendt al recomendarle a su maestro Karl Jasper: “No se guíe por el narrador; guíese por la Historia ” (1). 
Mientras veía Luneta Nro 1 llegaba a mi mente, una y otra vez, la recomendación de la Arendt. El imperativo de guiarse por la Historia, y no por el narrador, suena razonable, pero no deja de resultar problemático. La Historia, tal como aparece ante nosotros, siempre será el resultado de una operación óntica. Un sujeto ha tenido acceso a determinada información, y ha construido un relato que, según su parecer (es decir, a lo que conoce hasta ese momento), se ajusta a la “verdad histórica”.
Pero la “verdad” es algo tan inefable que, inevitablemente, de modo periódico se irán reescribiendo esos relatos. Puede que el historiador esté atendiendo a las fuentes oficiales, a las que el Poder dominante ha tolerado que se divulguen, o por el contrario, puede que sólo tome en cuenta el punto de vista de quienes han sido excluidos de ese relato oficial. En ambas posiciones se estaría corriendo el riesgo de caer en ese psicologismo que Husserl se encargó de dinamitar en su momento, y que conduce al más desasosegante relativismo.
“La verdad”, al margen de lo que expongan los sujetos (rehenes de sus pobres cinco sentidos), seguiría siendo una Verdad única a la que hay que llegar apartándonos de todos esos hábitos mentales que muchas veces condicionan las respuestas antes de que se formulen las preguntas, lo cual explica el esfuerzo de Heidegger por recobrar la antigua noción griega de la alétheia, o de la verdad como aquello que se desoculta,y no exactamente que termina coincidiendo con la idea que elaboremos de la realidad, según los datos que hemos acumulado. El historiador que se enfrente a este dilema tendrá que escoger entre prestarle atención a “la verdad” como una cuestión metafísica (que estaría referida a la Verdad con mayúsculas, inalcanzable para los mortales), o acosarla en el plano epistemológico, regresando al examen de esos hechos concretos que la retórica ha terminado por disimular tras las teorías y las opiniones que vienen y van.
En Luneta Nro. 1 el espectador puede encontrar mencionados, al menos, dos hechos concretos que en el período que va de 1959 a 1971 marcaron determinados puntos de giros del proceso revolucionario (con sus respectivas influencias en las políticas culturales), y que, sin embargo, apenas han sido atendidos por los historiadores del cine cubano: el proceso judicial contra Marcos Rodríguez; y el arresto y posterior “autocrítica” en la UNEAC del poeta Heberto Padilla. Cada uno de estos hechos merecería en sí un documental, pero hasta ahora siguen siendo terrenos vírgenes para quienes se aproximan al cine revolucionario, pese  a la repercusión que en términos ideológicos tuvieron ambos eventos en la vida nacional.   
Y es que, en sentido general, seguimos hablando de la historia del ICAIC (por no decir de la Historia del país) como si ésta hubiese evolucionado de acuerdo a un guión previamente escrito, y con total autonomía. Según este punto de vista, “Alguien”, casi siempre desde un Poder bien localizado (para el caso, Alfredo Guevara), trazó de modo explícito ese camino que ha llegado hasta nosotros. En esta lectura simplificadora, el mundo real (el de las pasiones, las expectativas, las frustraciones humanas) ha desaparecido para dar paso a un recuento teleológico que sólo tiene como fin confirmar las tesis que ya habían motivado al que las enuncia. El mundo fáctico y caótico, ese en el que de modo inevitable nos movemos todos los individuos a diario, sin saber exactamente qué es lo que pasará en el minuto siguiente, pierde relevancia académica, consolidándose una versión de la Historia en la que abundan más las tesis que replican a otras tesis, que los argumentos que intentarían ir al fenómeno originario, ese donde se supone todavía duerme oculta “la verdad”.
Obviamente, no se trata de exigirle a Luneta Nro. 1 lo que, en términos objetivos, no puede lograr. Alfredo Guevara puso a circular públicamente entre nosotros una serie de documentos hasta ahora “privados” (y por ende, invisibles), y fue como si hubiésemos experimentado una suerte de revolución copernicana en la visión que teníamos del ICAIC. Pero ni siquiera esos valiosos documentos pudieron llenar las abundantes lagunas que todavía siguen existiendo en cuanto a múltiples temas. De hecho, fue necesario leer algunas de las cartas de Titón para entender lo que Alfredo argumentaba en algunas de sus polémicas páginas. Si se viene a ver, cada documento privado que se incorpora a la esfera pública, lejos de esclarecer las antiguas circunstancias, lo que más bien invita es a profundizar en el terreno.
En el caso del cine producido por el ICAIC la cuestión se complejiza más, porque el grueso de los cineastas agrupados en esa institución asumieron el rol de “intelectual” que por entonces se le demandaba a los creadores de izquierda que simpatizaban con la Revolución cubana. De la misma manera que los escritores latinoamericanos incorporaron al rol de mero novelista el ejercicio público de la crítica social (que es lo que distinguiría al intelectual moderno), los cineastas del ICAIC se ocuparon de, además de hacer películas, fundamentar más allá de lo privado sus posiciones teóricas en lo estético y en lo político (que en aquellas circunstancias, era casi lo mismo). Eso explica el gran número de polémicas en los que se vieron envueltos a lo largo de la década de los sesenta, y exigiría al estudioso de ese período ir más allá del texto fílmico, para indagar en el diálogo establecido por las películas (y sus autores) con el espíritu de la época en general. Porque más allá de la multiplicidad de eventos y personalidades que diferían entre sí, en los sesenta tuvo lugar un fenómeno unitario que condicionó esa identidad aglutinante cuyos ecos llegan todavía a nosotros, en abierto contraste con la vocación dispersora de ésta época nuestra.
En Luneta Nro. 1 se advierte el deseo de ir más allá de los lugares comunes, de la pose todo el tiempo celebradora. Y está muy bien que puedan escucharse en un mismo plano la voz de un líder histórico como es Alfredo Guevara, y las de investigadores tan jóvenes como Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, quienes ya han dado sobradas  muestras del rigor investigativo que se viene imponiendo entre los de menos de edad. Hay en el material afirmaciones polémicas, como es de suponer; en lo personal la que más me desconcertó fue la de Alfredo Guevara cuando afirma: “Yo no creo en quinquenio gris, yo creo en quinquenio multicolores”.
Es una opinión que respeto, pero no comparto, desde luego. Más allá de las interpretaciones que podamos hacer alrededor de este período, más allá de que sea cierto que en el ICAIC, en el Ballet Nacional, o en Casa de las Américas, se consolidaron nichos de resistencia ante la mediocridad ambiente, “lo real” es que a partir de 1971, con “el caso Padilla”, se impuso en el país el “anti-intelectualismo” como tendencia. Aquí no estamos hablando de la suerte puntual que pudieron correr determinados intelectuales, sino de la vuelta de tuerca que supuso, por esa fecha, subordinar de modo absoluto la responsabilidad crítica del intelectual comprometido a la razón del Estado, a la vanguardia política. Si antes funcionaba de modo ambiguo el “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, en 1971 el Primer Congreso de Educación y Cultura dejaría establecido de modo explícito que el arte es un arma al cual tienen derecho sólo los revolucionarios.
A partir de ese momento, el intelectual crítico cedió su puesto al “intelectual revolucionario”. Siguieron existiendo intelectuales incómodos. Mas la mayoría de ellos fueron confinados a las sombras, a las zonas de silencio, mientras que en los puestos más visibles quedaban los intelectuales inequívocamente revolucionarios. Lo de revolucionario pareciera que no estuviese mal, dado que todo intelectual crítico, en el fondo, es un revolucionario. Pero entre nosotros la acepción de intelectual revolucionario, en ese período, apenas sirvió para describir al que, más que generar un pensamiento crítico, acataba de modo sumiso las orientaciones que la vanguardia política emitía. Y eso, en todos los términos, fue sencillamente regresivo.
En Luneta Nro. 1 podemos escuchar una observación muy perspicaz de Elizabeth Mirabal: “Hay que ubicarse en las vidas de esas personas”. El recuento del pasado no tendrá sentido, efectivamente, si antes el historiador no consigue crear esos espacios donde la empatía (no confundir con la simpatía) fluya, más allá de las filias y las fobias que en lo cotidiano acosan a los humanos. La empatía no despolitizará al relato histórico, pero hará más natural la coexistencia de discursos diversos, y con ello, la posibilidad de construir una sociedad más democrática y atenta a los intereses de los innumerables sujetos que la conforman.
Juan Antonio García Borrero

Notas:
(1)     Juan Antonio García Borrero. Sobre las fuentes y el narrador en la Historia del cine cubano. En “Otras maneras de pensar el cine cubano”. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010, p 41.

Ficha técnica:
Dirección y guión: Rebeca Chávez/ Fotografía: Ángel Alderete/ Montaje: Kenia Velázquez/ Producción ejecutiva: Isabel Prendes/ Producción: Celina Morales/ Efectos visuales: Reynier Cepero/ Sonido directo:Sergio Muñoz/ Diseño de banda sonora: Israel López/ Entrevistados: Alfredo Guevara, Nelson Ramírez, Liudmila V. Petrulina, Elizabeth Mirabal, Carlos Velazco, Guillermo Jiménez.  

lunes, 27 de agosto de 2012

SOBRE LOS AUTOCINEMAS DE LA HABANA DE ENTONCES.




Era una noche de luna, cuando yo la conocí. 
Jorge Dalton.
Al niño Conte y a Ana Laura Bode


Los Autocinemas tuvieron su auge en la década de los 50s, siendo estos uno de los iconos más representativos de la cultura norteamericana. Había surgido un espectáculo sin precedentes que más bien serviría para entretener a esa juventud desencantada luego de concluir la Segunda Guerra Mundial. Nació también la llamada cultura adolescente de los “rebeldes sin causa”, con figuras como James Dean y Marlon Brando. Para una joven de 15 o 17 años ir con su novio al Autocinema era el sueño hecho realidad bajo las estrellas. No solo significaba dar el primer beso en un flamante carro convertible, sino que se hacía frente a una inmensa pantalla de 70 mm en un derroche de pasión y tecnicolor.

Los héroes juveniles de los prósperos años 50 desfilaban delante del parabrisas. Modelos de autos convertibles como el Pontiac, año 1956 y el Mercury “Sun Valley”, año 1954, eran ideales para ir a presenciar el cine de una manera distinta. Por otro lado, no había que hacer el más mínimo esfuerzo pues las palomitas de maíz, las sodas, helados, hamburguesas y sándwich, eran ofrecidos en la misma ventanilla de tu auto. Toda esa cultura era parte del panorama cubano de esos años. Los Autocinemas eran maravillosos pero al mismo tiempo, propiciaron la obesidad y la huevonería, otra de las características más notables de la cultura norteamericana.

Fue precisamente en esa década, que La Habana sufrió una acelerada transformación y se convirtió en el gran experimento de esa cultura, la cual sobrevive agonizante y corroída hasta nuestros días independientemente de los largos años de Revolución Socialista. Fue en esos años, que se eliminaron los tranvías de las calles, los aires madrileños comenzaron a desaparecer y se dio rienda suelta a la modernización al estilo norteamericano. Lugares como El Nuevo Vedado, Altahabana o el Casino Deportivo, por nombrar solo algunos barrios residenciales, se construyeron en el mejor estilo arquitectónico norteamericano.

Tengo entendido que en alguno de esos barrios, no sé si en Altahabana, existió un Autocinema pero el de mayor renombre se llamó “Autocine Novia del Mediodía”. Nunca podré olvidar la noche cuando la conocí en 1972, yo cursaba el quinto grado de primaria en la escuela “Hermanos Montalvo”, un internado para varones y con disciplina militar que quedaba en casa del carajo, entre los pueblos de Caimito y Guayabal y estas son las santas horas que no sé quiénes eran los "Hermanos Montalvo”.
Para ir a esa beca, tenía que emprender un largo recorrido todos los domingos. Nunca fui solo, lo hacía con mi hermano Juan José que cursaba el 6to grado. Pero antes de partir, pasábamos por el solar de la calle 9 y H donde vivían Rigoberto y su hermano que apodaban “Botella”, los dos estudiaban en la misma escuela. Estos dos negros siempre lucían impecables, entalcados, olorosos y con las botas bolúas lustradas como espejos. La ropa brillaba también, con las camisas y pantalones almidonados por su madre que era una incansable lavandera.

A las 5:00 en punto se iniciaba nuestro viaje, acompañado de estos dos negros entablillados pues su mamá les almidonaba hasta las medias y los calzoncillos.

A las 6:45 pm cogíamos una guagua en la Plaza de Marianao que nos dejaba en el pueblo de Bauta. Ya entrada la noche, a la salida de Arroyo Arenas, en la calle 51, al llegar a la autopista “Novia del Mediodía”, sobresalía intacta la pantalla del auto-cine con el mismo nombre, donde se producía uno de los acontecimientos que más amo y recuerdo.

Da la casualidad que una noche exhibían “Casablanca” y pude ver desde la ventanilla de la guagua, el momento en que Bogart besaba a Ingrid Bergman, antes de fugarse de París. Por mucho tiempo he soñado con ese instante, con ese conocido y bello fotograma suspendido en el aire, en medio de la oscuridad penetrante del campo cubano.

El autocine “Novia del Mediodía” es una de las numerosas joyas clásicas de la cultura norteaamericana que sobrevivieron a una larga agonía en Cuba. No sé quién habrá sido su dueño y porque esa autopista y el autocine tenían tan particular nombre, basado seguramente en fugaces encuentros amorosos a mitad del día.

Por fortuna al año siguiente me trasladaron a otra beca que quedaba entre los pueblos de Cangrejeras y Santa Fé, muy cerca de Arroyo Arenas. Una escuela mixta que se llamaba José Manuel Lazo de la Vega, donde terminé mi último año de primaria. En ese internado yo tenía unos amigos guajiros en los pueblos de Bauta y Corralillo. Algunos sábados, en lugar de ir a mi casa en La Habana, prefería quedarme con ellos todo el fin de semana para acompañarlos a cazar patos en la Laguna de Ariguanabo. Lo hacía también con la intención de saciar mi curiosidad por ir al “Novia del Mediodía”. Mis amigos eran mayores que yo y me habían prometido llevarme.

La única vez que fui no había un alma, muy pocos lo visitaban, los audífonos no existían, todo estaba ya oxidado y los carros convertibles, las sodas, los helados y las hamburguesas solo se podían imaginar cerrando fuertemente los ojos. Para no torturarnos tanto, llevamos en una jabita, discos voladores, kekes, cangrejitos y unas pergas con guachipupa de mantecado que habíamos comprado en Bauta.

El proyeccionista, condenado también a una tediosa y prolongada muerte, llegaba todas las noches y pasaba la película sin importar que hubiese o no, gente, así justificaba sus horas laborables, en una actitud de ultratumba, con una parcimonia muy peculiar de los tantos fantasmas que habitan mi celuloide.

Pedro Crespo, Eladio Castillo y yo nos sentamos en el piso, con la boca abierta y la vista fija en la tela blanca donde se produciría la magia. Parecíamos tres enanitos en medio de aquel descomunal cementerio del cine, hogar de esa misteriosa pantalla gigante abandonada en las tinieblas de la noche y que solo podía apartarse de la tristeza en el instante mismo que se encendía el proyector. De pronto, se iluminaba la manigua, se apagaba el sonido de los grillos mientras todo se hacía música e imagen en sucesión. Comenzaba así, la función de cine más bella que he asistido jamás.
Nota del autor: El Autocine “Novia del Mediodía”, que yo recuerde, sobrevivió en estado deplorable hasta después de finalizada la década de los 70s. Luego se convirtió en un lugar desierto y la estructura metálica de la pantalla se fue oxidando pero por muchos años, la pantalla seguía ahí. El enorme terreno se fue convirtiendo en un basurero y luego en un parqueo para camiones y carros del estado. Todo desapareció y muchos cubanos hasta ya olvidaron que ahí existió uno de los mayores Autocinemas de América Latina.
Cubanismos
Guagua: Ómnibus.
En casa del carajo: Muy lejos.
Manigua: campo, monte, selva cubana.
Jaba, jabita: Bolsa para mandados ya sea de tela o nylon. La jaba es de uso vital para la vida del cubano hasta el punto que todos en la isla se dividen en: Cabeza, tronco, extremidades y jaba.
Perga: Vaso popular fabricado de cartón y cera usado para tomar cerveza..
Kekes: Galletas caseras. Fueron muy típicas en las zonas rurales.
Guachipupa: Refresco de esencia.
Disco volador: Sándwich cubano muy popular, elaborado mediante un raro artefacto casero, de forma redonda como un ovni tradicional , una especie de prensa metálica que pudiera servir también como arma de defensa personal.


Publicado en CAFE FUERTE


Jorge Dalton
herido_desombras@yahoo.es

viernes, 13 de julio de 2012

MAS SOBRE LOS CRÉDITOS EN EL CINE DE LA REGIÓN


MÁS SOBRE LOS CRÉDITOS.
J. Pucheux.

A veces me pregunto, realmente los que tienen a su cargo dentro de la Post de una película, la realización de sus créditos, tanto los delanteros como de cierre, tienen en cuenta el cuidado de esto? Porque en un filme, se deben de tener puestos todos los sentidos, todo los conocimientos del Diseño, todo en un filme es importante, desde la primera hasta la última imagen, todo es tan importante como la trama misma, las actuaciones, la fotografía, el montaje, la música, todo¡¡¡ Y los créditos casi siempre son los primeros y los últimos en aparecer. 
Lo cierto es que, primero, últimamente, al menos en nuestra región, no observo trabajos de Diseños importantes. a pesar en las opciones que nos ofrecen muchos programas de diseño gráfico y de efectos visuales. Nos estamos limitando a los créditos simples. Y hay historias que pudieran tener mejores créditos, excelentes propuestas de Diseño gráfico. Este es también un buen nicho de trabajo para esta profesión.

Por otro lado aun en los más simples, letras blancas sobre fondos negros y hasta en los más sofisticados que he visto sucede que se jerarquizan más los cargos que los artistas y técnicos que trabajaron en el filme. 
Pregunto, qué es más importante, por ejemplo, FOTOGRAFÍA Pedro Pérez o, fotografía, PEDRO PÉREZ? Es el cargo, la función lo importante?, o el hombre o mujer que realizó ese trabajo?. Recordemos que en la comunicación todo tiene un sentido, un significado.
Con este texto solo pretendo hacer un llamado a la atención sobre este asunto, que no parece ser importante para muchos, pero que un buen día , un filme determinado, su filme, pudiera, en el mejor de los casos, recibir una mala crítica , solo por no haber cuidado la factura su final,
Y por último, otros preguntas que me vienen a la mente, ¿No será que los editores deberían trabajar unidos a los especialistas en diseño, en todo lo relacionado con los efectos visuales y manipulación de las imágenes y no hacerlo todo ellos?   ¡Digo yo¡¡¡¡ Como existen tantos programas de efectos y diseño tan sofisticados y mil catálogos de posibilidades, pues muchos se sienten preparados para enfrentar esta área del cine, en la cual debemos tener mucho, pero mucho cuidado. Por ejemplo, en la música y otras especialidades, muy pocos incursionan. Entonces, por qué en estas sí?
En el cine, como en muchos otros trabajos, yo no creo en los todólogos, además por respeto al trabajo y creatividad los demás.

Nota: Hay miles de ejemplos de buenos diseños de créditos en la historia del cine. Les recomiendo a los nuevos diseñadores interesados en esta parte del diseño gráfico, al menos ver ANATOMÍA DE UN ASESINATO, EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO, VÉRTIGO, etc.
Hay muchos ejemplos¡¡¡. 

miércoles, 11 de julio de 2012

MUSEO LUMIERE .


MUSEO LUMIERE, EN LYON
El 28 de diciembre de 1895, en el Salón Indien du Grand Café, en París, los hermanos Louis y Auguste Lumiere realizaron la primera proyección cinematográfica, para asombro y admiración del público presente.
Hoy, una visita al Museo Lumiere, ubicado en la 25 rue du Premier Film, en Lyon, Francia, nos permite conocer toda la trayectoria artística, llena de esfuerzo, invención y talento de estos hermanos, inventores del cinematógrafo,  y lo esencial, ver sus películas, apegadas a la vida real.
La proyección de filmes como “La salida  de las fábricas Lumiere”, “La merienda del bebé” y “El regador regado”, entre otras muchas, nos presenta la vida en movimiento de aquella época, y el nacimiento de un arte.
Debemos recordar que los hermanos Lumiere y sus operadores rodaron cerca de 1500 películas de unos 50 segundos.
La visita queda complementada por dos exposiciones incluidas en el Museo: “Los placeres y los días” dedicada a la vida familiar de los Lumiere y “El mundo de Gabriel Veyre”, consagrada al más célebre de los camarógrafos Lumiere.
En la segunda planta de la Villa Lumiere se halla  la biblioteca Raymond Chirat, que pone a la disposición de investigadores y estudiantes más de siete mil obras.
En el jardín descubriremos la Avenida de los Inventores en la que se le rinde homenaje a los predecesores de los hermanos Lumiere, en la invención del cinematógrafo.
Y la emoción es enorme al ver el famoso hangar  que aparece  como fondo de la primera película “La salida de las fábricas”.
El Museo Lumiere es una institución viva que organiza múltiples actividades pedagógicas a las que asisten cada año 30,000 mil niños, realiza proyecciones, edita libros de cine, y organiza conciertos de música. Y no podemos dejar de mencionar la realización del Gran Festival de Cine Lumiere, que este año,  su cuarta edición se llevará a cabo del 15 al 21 de octubre, donde predominan copias restauradas de películas clásicas. Este año se rendirá homenaje a Max von Sydow, Vittorio De Sica, Lalo Schifrin, Dean Martin y Max Ophuls.
Cortesía de Francisco Puñal.

domingo, 8 de julio de 2012

SOBRE EL MUSEO DE LAS MINIATURAS Y DECORADOS DEL CINE


MUSEO DE LAS MINIATURAS Y DECORADOS DEL CINE
Por Francisco Puñal Suárez


En la parte vieja de la ciudad francesa de  Lyon, en el número 60 de la calle Saint Jean, en una joya del siglo XVI, la Casa de los Abogados, existe un museo insólito, que atrae a un público enamorado del séptimo arte: el Museo de las Miniaturas y los Decorados del Cine.


Bajo la dirección del artista Dan Ohlmann, ebanista, escultor y creador de numerosas escenas miniaturizadas, que se exhiben en local, el museo ofrece una muestra de diferentes objetos, utilizados para conformar el encantamientos del cine,  que asombran al espectador.


La visita a este museo nos produce un encantamiento mágico por la realización cinematográfica, al observar la belleza de las miniaturas, de las maquetas, que permiten recrear atmósferas y ambientes, y forman parte del lenguaje del cine.


Los visitantes pueden conocer en un documental didáctico, que se proyecta en una sala, cómo las miniaturas y las maquetas sustituyen los objetos, edificios y cosas de tamaño natural, en la filmación.


El recorrido por la institución, que es muy visitada por los turistas y amantes del séptimo arte, nos ratifica la importancia del trabajo del director de arte y de los decoradores en el cine. Un trabajo paciente, documentado y exquisito.


El Museo de las Miniaturas y los Decorados del Cine, de Lyon, Francia, es un hecho cultural inolvidable.