miércoles, 3 de noviembre de 2010

ENTREVISTA AL EDITOR DE CINE NELSON RODRÍGUEZ.

Tras 50 años de intenso ejercicio en el mundo del cine, el montador cubano Nelson Rodríguez recibió este jueves 28 de octubre un homenaje en Casa Amèrica Catalunya en el marco de la cuarta edición en Barcelona del Festival del Cine Pobre Humberto Solás. Mano derecha del prestigioso director ya fallecido, Rodríguez ha participado desde la “sala de máquinas” en la materialización de algunas de las películas más importantes del cine contemporáneo latinoamericano como “Lucía”, “Memorias del subdesarrollo” o “La primera carga del machete”. “En el cine ya está todo hecho. Hacen falta películas con mensaje y no superproducciones tontas” reivindica este artesano del séptimo arte en la siguiente entrevista.

Un merecido homenaje, ¿no cree?
Yo no me creo nada de esas cosas. Lo mío son muchos años y muchas películas con Humberto Solás. Es lo que se ve en “El cine y la vida” (documental sobre Solás y Rodríguez que se proyectará el jueves 28 de octubre en Casa Amèrica Catalunya).
¿Cuál es el papel del montador de cine?
Yo creo que al montador se le acostumbra a ubicar mal, porque hay editores y editores. Incluso diría que hay “pegapelículas”. Aprenden la técnica para construir la película y cortarla, pero no conocen las leyes del montaje. Eso se hace mucho ahora con las computadoras, tocan una tecla y a pegar sin la menor idea de que hay leyes que establecen una serie de cosas. Y más allá de la técnica está el tema de la sensibilidad artística, del sentido creativo, lo que te da otra dimensión.
Usted es resultado de la genuina escuela cubana de cine...
En estos 50 años el cine cubano ha estado integrado en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Éramos una gran familia, estábamos juntos y habían grupos de creación. Esa mezcla crea una situación y te das cuenta del estilo de cada director más allá del género de la película. Eso me dio toda una serie de aportaciones técnicas y artísticas. Cada director es distinto y cada uno tiene un tempo de puesta en escena diferente, que está reflejado en la imagen que ves, antes en la moviola y ahora en el digital. Si trabajas con el mismo director en diferentes películas, intuitivamente lo manejas y ya sabes cuándo tienes que cortar. En la ficción –el documental es mucho más abierto– sabes cuándo empieza y cuándo termina un plano. Y también influye la confianza. En la primera película, el director no te conoce, quiere saber qué haces pero después, cuando entras en confianza con la persona, él te da libertad. Y uno aprende con el tiempo.
¿Qué se aprende con la experiencia?
Que los directores terminan el rodaje muy agotados. Trabajan el guión de la película, preparan la filmación, las localizaciones, el chequeo de los actores, el vestuario... Y luego el rodaje es agotador. Cuando llegan a la sala de edición están agotados, cansados, con una falta de creatividad tremenda. Y tú le dices: “Mira, vete a pasear, descansa, vete a la playa... Dame 10 días y yo te armo la película. Y cuando la veas, lo harás con una frescura inusitada porque no habrás estado editando el material conmigo”. Y eso me dio resultado. Y como eran los mismos directores, eso me dio una libertad tremenda. Yo decidía los cortes y luego no era necesario tocar nada...
Usted reivindica al montador en su papel de creador...
En Cuba estaba establecido así, pero no era porque tu aportaras a las películas sino por tu grado de educación. Yo, por ejemplo, hicela carrera de Historia del Arte cuando ya había editado “Lucía”, “Memorias...”. Era algo burocrático. No me daban el título porque no tenía la carrera universitaria a pesar de todo lo que había editado en los 60. ¡Yo ya era Nelson! Y no había estudiado la carrera antes porque en el 58 y 59 estudiaba Ciencias Comerciales -¿qué tenía eso que ver conmigo? ¡Nada!- y dejé los estudios porqué entré en el ICAIC al pertenecer a un cine-club visión. Fue idea de Alfredo Guevara, primer presidente del ICAIC, de integrar a las personas que si bien no conocían de cine si tenían amor por el cine. Ese fue mi caso por ejemplo.
¿Su primera intención era acabar en una sala de edición?
Cuando llegué quería ser director. Pero al estudiar Ciencias Comerciales me pusieron de productor, a manejar todo ese lío de la economía. No me hizo ninguna gracia y en cuanto pude, un año después, me fui gracias a que hacía “cortos” para Humberto y otros directores, por encargo de Santiago Alvarez, que dirigía el noticiero ICAIC, por entonces muy importante... Éramos todos unos muchachos. Yo montaba las notas para el informativo semanal del noticiero ICAIC y se me daba bien, tenía idea para eso.
Sin la revolución, ¿su trayectoria hubiera sido otra?
Desgraciadamente, en Cuba no había industria del cine. Yo me formé en el ICAIC, donde entré a trabajar en 1960, un año después de su fundación.
¿Cómo ve el cine contemporáneo?
Está un poco enloquecido. Con las nuevas tecnologías y el cine digital hay mucha innovación y se ha incorporado a personas sin experiencia que hacen cosas muy raras... También está la influencia de formatos como el video-clip o la publicidad de TV, que ha creado un estilo que yo denomino del “picotillo”. Te ponen fracciones de segundo y tú no ves nada, ni te enteras. Eso puede funcionar en algún tipo de películas, pero no en todas. Aunque a veces se integra. Por ejemplo, en el caso de Tony Scott, que hace un cine comercial pero siempre tiene algo que decir. Utiliza las dos cosas. Trabaja con el digital pero te estructura la película con secuencias de corte dramático, con actores. Pero otros son locos, hacen cosas de “picotillo” que están ahí y tú no entiendes nada. Y luego está el cine en construcción, películas en digital que aspiran a pasar a 35 mm y convertirse en cine. Y te encuentras con cada película que para sacar una... A veces ves veinte y te quedas con dos o tres.
¿Alguna excepción relevante?
Una de esas películas es “Gigante”. Yo trabajé con el guión, que me pareció interesantísimo. Le dimos el premio al guión inédito y con el dinero de ese premio hicieron la película en Uruguay. Y dos años después apareció el film en el cine en construcción de La Habana y ganó el premio. Y ahora ha logrado el premio Casa Amèrica Catalunya en el Festival del Cine Pobre.
¿Faltan ganas de enviar mensajes consistentes en el cine de hoy?
La tecnología se ha chupado un poco las ideas. En el cine no hay nada nuevo que hacer, ya está hecho todo. Hay que hacer películas que digan algo, que den una idea importante de la complicada vida que llevamos hoy en día, en el mundo entero y no sólo en Cuba. El cine no está respondiendo a eso y son muy pocas las películas con esa temática. El cine global que hacen los americanos son películas tontas sin mensaje alguno para adolescentes, porque son los que van al cine y si no les das eso simplemente dejan de ir. “Avatar”, por ejemplo, es una superproducción costosísima y tonta. Te puede gustar, pero ¿qué te dice? ¿Te dice algo? Muy poquito, realmente.



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